UNA ÚNICA NOCHE por J.O.
Romero
Era
la primera vez que Antonio Manuel Benjumea entraba en aquel bar tan chic.
Avanzaba por el pasillo central, mirando las baldosas lilas y brillantes
del suelo, que reflejaban su rostro con barba de varios días. Antonio
no había tenido un buen mes desde que le echaron de la obra, y
quizás por esa razón aceptó la extraña propuesta
que le había llevado a aquel lugar. La sofisticada clientela permanecía
inmóvil y expectante, mirando a Antonio de reojo. Antonio se detuvo
y centró su vista en una mesa. Allí estaban las tres chicas,
como decía el anuncio, esperándole. Así que dirigió
sus pasos hacia ellas. Las chicas sonreían ante la llegada de Antonio.
Bebían de una copa triangular con un licor verdoso. Antonio se
sentó frente a ellas y no tardó ni un segundo en mostrar
sus credenciales.
–Quiero que me enseñéis la pasta antes de hablar de
nada, porque yo no me creo que me vayáis a dar treinta mil euros
por pasar una noche en una casa.
Las chicas, que tenían pequeñas arrugas en los ojos y el
cuello, no dejaron de sonreír mientras Antonio hablaba. La que
estaba en medio hizo un gesto con la mano, y la chica de la izquierda
sacó una bolsa de piel; se la mostró a Antonio. En el interior
estaba el dinero. Antonio se quedó de piedra al ver tanto dinero
junto, comenzó a cavilar qué podría hacer con él.
Un camarero trajeado y algo pálido se colocó al lado de
Antonio. Él se percató de ello.
–Supongo que estoy invitado a cenar, ¿verdad?
–Todo lo que quieras –le respondió la chica del centro,
que tenía también algunas canas.
–Pues quiero una de pulpo gallego, un cubata de whisky con cola…
y unas gambas a la plancha.
–Que tipo de whisky desea el caballero –le preguntó
el camarero.
–El mejor que tengáis.
El camarero se marchó. Antonio se frotó las manos mirando
a las chicas.
–Bueno, ¿qué tengo que hacer para llevarme la pasta?
–Pues pasar desde las ocho de la tarde hasta las ocho de la mañana
dentro de una casa –le respondió sin pestañear la
chica del centro.
– ¿Y ya está? Y si paso dos, ¿me dais sesenta
mil?
–Eso lo tendríamos que hablar después de la primera
noche –volvió a decir la misma chica.
– ¿A qué se debe tanto dinero, por pasar una noche
en una casa? –preguntó curioso Antonio.
–Es un experimento psicológico para saber cuánto puede
soportar la valentía humana. Sin ir más lejos, ayer obtuvimos
resultados sorprendentes cuando una chica de dieciocho años superó
la noche de manera muy positiva.
–No es tan sorprendente, cualquiera lo puede hacer… por ese
dineral –Añadió Antonio con tono despectivo.
La chica de la derecha sacó un sobre y lo colocó encima
de la mesa. Antonio miró el sobre y después a ellas.
–Esto es un pequeño anticipo, solo por haber dicho que sí.
El resto lo tendrás una vez sean las ocho de la mañana –le
dijo la misma chica del sobre.
Antonio abrió el sobre y comprobó cuantos billetes de cien
había dentro. También había una pequeña tarjeta
negra, con letras en blanco y un logotipo triangular.
–Detrás de la tarjeta está escrita la dirección
exacta del lugar donde debes estar esta tarde a las ocho menos cuarto.
Sé puntual –le dijo seriamente la chica del centro mientras
Antonio contaba el dinero del sobre.
–Puta madre, aún me quedan tres horas hasta las ocho. Menuda
fiesta –dijo Antonio sin dejar de mirar el dinero y algo exaltado.
El camarero llegó en ese momento con la bandeja y todo lo que le
había pedido Antonio. Observa la comida y después a las
chicas. Levanta el cubata.
– Señoras, ¡va por vosotras!
Antonio pensó que la mejor
manera de gastar el dinero era invertirlo en lo que más le gustaba.
Las putas y el hachís. Así que se dirigió al burdel
más cercano y solicitó la prostituta más cara. Después
de divertirse con ella durante un par de horas, llamó a un amigo
para pedirle una placa de chocolate. Eran las siete y cuarto cuando Antonio
entregó cien euros a su amigo a cambio de la mercancía.
Bajó a la calle, cogió un taxi y se dirigió hacia
las afueras de Barcelona. El taxi le dejó en la ladera de una montaña
y le indicó que el lugar exacto que buscaba estaba siguiendo el
camino que tenía enfrente. Antonio comenzó a subir la cuesta.
Tras diez minutos de ascenso y sudor, vio a las chicas esperándole,
en un llano del bosque. Quietas como estatuas. Antonio se aproximó
algo cansado hacia las chicas.
– ¿Estás listo? –Le dijo la chica del medio.
– Claro, ¿quién no está listo para ganar treinta
mil euritos? –dijo un poco exhausto por la subida.
La chica de la derecha sacó la bolsa de piel y se la entregó.
Antonio la abrió y comenzó a contar los fajos de billetes.
– Hay una cosa que debes hacer: –Antonio prestó atención
a lo que le decía la chica de en medio –debes encender, con
estas cerillas, todas las velas que encuentres en la casa y comprobar
cada hora que ninguna se haya apagado.
Antonio metió la caja de cerillas dentro de la bolsa de piel, y
se dio media vuelta. Ante él se levantaba una antigua casa de una
planta y con las paredes de piedra. Se acercaron hasta la entrada, las
chicas le abrieron la puerta y Antonio entró como un conejo en
su jaula.
– ¿Qué? ¿Ninguna se anima a pasar la noche
conmigo? –dijo a modo de chiste Antonio.
Las chicas sonrieron ante la proposición de Antonio. Una de las
chicas sacó una enorme llave y la introdujo en la cerradura. Las
dos vueltas sonaron como un trueno en la cabeza de Antonio. Fue entonces
cuando se vio encerrado en una casa, en medio de la montaña por
tres mujeres a las que no conocía de nada. Antonio vio alejarse
a las mujeres que, casi como espectros, desaparecieron en la oscuridad
del bosque.
Una silla, una mesa y un armario. Esa era la composición del comedor.
Las paredes estaban golpeadas y sin pintura. Las esquinas del techo tenían
telarañas y el suelo estaba lleno de polvo y tierra. Antonio no
podía creer que el estado de la casa fuera peor que el de la suya.
Comenzó a encender las quince velas del comedor. Le siguieron doce
más en el largo pasillo de la casa. Una habitación a la
derecha con nueve velas, otra a la izquierda con seis y un lavabo con
tres velas. Al final del pasillo había una puerta cerrada. Antonio
no creyó oportuno entrar, así que volvió sobre sus
pasos, y regresó al comedor.
Antonio se sentó en la
silla de madera, que crujía cada vez que se movía, y se
sacó la placa de hachís para hacerse un porro. También
extrajo del bolsillo interior de su chaqueta una petaca de plata con whisky
y le echó un largo trago. Se fumó el porro dando otra vuelta
por la casa, observando con más detenimiento cada rincón.
Comprobó que toda la casa tenía rejas y que no había
forma de salir. No le preocupó, mientras tuviera material para
beber y fumar. Se asomó a la entrada principal e intentó
ver a las chicas, por si estaban por ahí espiando lo que hacía.
Echó un nuevo trago a la petaca.
– Hola, ¿Hay alguien ahí? ¿Chicas? Sólo
quiero que alguna de las tres venga a comerme la polla, o las tres si
queréis.
Antonio se rió durante unos segundos por su gracia. Volvió
a la silla, se acercó una vela de la mesa y comenzó a contar
todo el dinero que había dentro de la bolsa de piel.
Fue revisando las velas cada hora. Era la una y cinco de la madrugada
cuando Antonio, con un porro recién fumado y la petaca vacía,
se quedó dormido en la silla.
– ¡Antonio! –Exclamó una voz femenina susurrando.
Antonio Manuel Benjumea se levantó al momento. Estaba desorientado
y adormilado. No sabía cuanto rato había dormido. Marchó
rápido a revisar que todas las velas estuvieran encendidas. Todas
lo estaban, menos una en la última habitación a la izquierda.
La encendió y regresó a su silla. Sacó su móvil,
que había encontrado hace ocho años en un parque, y miró
la hora. Eran las tres menos cuarto. Antonio probó a llamar a un
colega, pero no tenía ni cobertura, ni saldo para realizar la llamada.
Una pena, pensó, y luego prosiguió, ya que le hubiera restregado
el dinero que iba a ganar. No necesitaba los favores de ningún
amigo para trabajar, y menos en la obra. Antonio se sintió un poco
agobiado de estar encerrado. Se hizo otro porro y justo en el momento
de encenderlo, una puerta del pasillo rechinó. Antonio se giró
lentamente hacia el ruido. Pensó dos veces si debía ignorarlo,
hasta que se convenció de ello. Se encendió el porro y justo
se volvió a oír una puerta abriéndose. Antonio se
levantó esta vez y se asomó al pasillo. La puerta del final
del pasillo estaba abierta. Caminó hasta la entrada de dicha habitación
y encendió una cerilla para ver el interior, justo había
una enorme vela en medio de la habitación. Antonio la encendió.
La vela iluminó la pared, que estaba repleta de fotos en blanco
y negro, de gente agrupados en tres columnas y coronada cada una, por
una foto de una de las tres chicas que le habían traído
allí. Fue recorriendo cada una de las filas, asombrado por tal
cantidad de fotos, hasta que se vio a él en una. Antonio miró
fijamente la foto. Era él gritando en una verja. Esbozó
una sonrisa de incredulidad y pensó que podía ser un método
de presión, para que saliera de la casa y perder el dinero. Eso
le tranquilizó.
–Os lo tendréis que currar un poco más para que yo
pierda treinta mil euritos –dijo mirando hacia todos los lados de
la habitación.
Antonio siguió recorriendo las fotos de la pared con más
detenimiento y comprobó que había cientos de fotos, algunas
muy antiguas y casi borradas. Se acercó a una de las fotos más
antiguas y se fijó en el rostro de terror del individuo. Realmente
se lo tomaban en serio, pensó Antonio. Justo al retroceder, pisó
sobre lo que parecía una trampilla de un sótano. Se agachó,
la levantó y observó pero la profundidad le impidió
ver más que un par de metros. No había escalera. Antonio
buscó algo por la habitación que tirar para calcular la
profundidad. En una esquina vio lo que parecía un hueso, lo arrastró
con los pies, sin pensar lo que era, hasta que cayó por el agujero.
Arrimó el oído al vacío, pero no oyó nada.
Nada de nada.
–Esta es muy buena… ¿Qué? ¿Estáis
allá abajo para coger la piedra y que parezca que no hay fin? –gritó
Antonio hacia el agujero.
Un sonido de respiración se oyó desde abajo. Antonio se
estremeció hasta el último extremo de su cuerpo. Una espesa
niebla verdosa subía rápidamente desde el fondo de la oscuridad.
Antonio cerró la trampilla lo más rápido que pudo
y se puso encima para evitar que lo que ascendía, saliera por ahí.
La niebla impactó tres veces en la trampilla, Antonio hacía
toda la fuerza que podía para que no se abriera. Los golpes cesaron.
Antonio buscó algo con lo que cerrar la trampilla sin moverse del
lugar, pero no había nada que le pudiera servir. Miró hacia
abajo, suspiró y corrió hacia el comedor. Se acercó
hasta la silla y le arrancó una de las patas. Volvió corriendo
hacia la habitación y metió la pata en las anillas de la
trampilla, de modo que hiciera de cierre. Antonio fue corriendo hacia
todas las ventanas de la casa, intentó forzar las verjas pero era
inútil, todo estaba perfectamente colocado para que nadie pudiera
escapara de ahí. Corrió hasta el comedor. Se asomó
a la puerta y gritó histérico.
– Socorro, ¡Chicas podéis quedaros con la pasta! ¡Es
igual! ¡Solo quiero salir de aquí! ¡Por dios! ¡Socorro!
Al comprobar que nadie contestaba y que nadie le iba a ayudar, sacó
su móvil y probó a llamar a la policía, a su amigo,
a quién fuera… pero era imposible, el teléfono no
tenía cobertura. La trampilla se abrió de repente, oyéndose
un sonoro impacto contra el suelo. Antonio dibujó en su cara una
mueca de absoluto terror. Arrancó como pudo la otra pata de la
silla, también cogió la bolsa de dinero y se la estrujó
con todas sus fuerzas contra su pecho, mientras que con la otra mano sujetaba
la pata. La niebla avanzaba por el pasillo, apagando todas las velas a
su paso. Apareció por la puerta del pasillo. Antonio le lanzó
la pata a la niebla, pero no sirvió de nada, gritó y se
giró rápido hacia la puerta, pidiendo auxilio. Se agarró
lo más fuerte que pudo del barrote de la verja, sin soltar la bolsa
de dinero. La niebla le comenzó a succionar, de modo que se encontraba
casi horizontal, estirando su cuerpo hasta el límite que sus manos
no aguantaron más y se soltaron. La bolsa cayó al suelo,
justo al lado de la puerta y Antonio desapareció por el interior
de la casa y los gritos cesaron.
Las tres chicas, ahora más
jóvenes, bellas y sin ninguna arruga, permanecían atentas
a un chico que había sentado frente a ellas. El chico contaba el
dinero que había en un sobre.
– ¿Y solo tengo que pasar una noche? –Preguntó
incrédulo el joven a las chicas.
–Sólo una noche. Una única noche –le respondió
una de las chicas sonriendo.
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