| 1. CONFESIONES DESDE EL SÓTANO de J.O. Romero. |
Aquel fin de semana nadie estaba seguro de mí. Yo era como un alma llevada por el diablo. Los observaba con atención, sabiendo cuales eran los puntos débiles de cada uno, dónde les dolería más una palabra, donde desgarraría su orgullo. Por arte de Dios o del Demonio me había convertido en un animal expectante, oculto en las sombras para diseccionar cada uno de los movimientos de las presas. Aquel fin de semana llevaba calculado desde hacía mucho tiempo. Rencor, odio... Venganza. Todo dentro de un cocktail a punto de servir al cliente más indeseable. A veces resultaba gracioso recordarlo, estando ya ajeno a todo y sabiendo que todo lo sucedido era controlado por ti. Poder. El conocimiento nos acerca a la verdad. Mi verdad no fue compartida por mis conocidos, pero la acataron y supieron que yo era el mensajero de la verdad, y les liberé de sus males, adueñándome de sus defectos, para dejarlos limpios ante Dios. Había cogido la mariguana, el papel, el mechero y la cajetilla de cigarrillos. Estábamos todos. Bajé al sótano. Tenía cita con el silencio. Cita conmigo mismo. Abrí la primera puerta para acceder a los pasillos dónde estaba mi sótano. Había cerca de cincuenta, tantos como apartamentos. Muchos de ellos eran utilizados como trasteros, dónde se amontonaba la ropa antigua, los juguetes y juegos, bambas, electrodomésticos anticuados, libros y una gran cantidad de polvo. El mío estaba inmaculado. Limpio y ordenado. Sin duda no había ninguno como el mío. Mi madre no sabía que había lanzado toda la ropa y demás a la basura, y estoy seguro que si lo supiera sería la quinta persona que muriera por mi culpa. Aunque yo sé que eso no lo sabría jamás, puesto que nunca bajaba al sótano. No le convenía con la alergia que tenía. Entré en mi templo. Todo estaba como yo lo había dejado. Giré alrededor un par de veces, sentía que cada cosa que estaba en esa habitación, me agradecía la oportunidad de estar dónde yo la había dejado. Eran parte de mí. Me senté en la silla de ruedas. Recuerdo que la conocí hace dos años, en unas grandes oficinas en las que estuve trabajando un par de meses. También recuerdo porqué me la llevé. Yo era uno de esos de mantenimiento. Ponía enchufes, bombillas, tiraba cable... y poco más. Bueno, también me fumaba mis petardillos en los descansos. El caso es que durante uno de esos descansos, uno de los jefes de esa oficina me pilló. No salí muy bien parado de la discusión, no debió hacerle mucha gracia que le escupiera en la cara cuando me despidió. Después del impacto de saliva, no quise marcharme aún, tenía algo que hacer. Me disculpé con él y le pedí que me permitiera recoger mis cosas. Mientras él fue a limpiarse al lavabo, yo me dirigí rápidamente a su despacho, destornillé lo más rápido que pude su silla de ruedas y volqué un bote de chinchetas que tenía en el bolsillo. En mi vida había hecho un trabajo tan ágil, eficaz y limpio. Salí danzando de allí como si una música discotequera me llevara y me oculté al lado de unos de los cubículos de las secretarias. El jefe llegó. Entró en su despacho, después de dar un gran portazo a la puerta. Todo el mundo detuvo su trabajo, como si fueran conscientes de lo que le esperaba. Durante unas milésimas de segundo esperé el grito como un esclavo un vaso de agua. Lo necesitaba. El estruendo fue temible. Solo oyendo la voz tuve bastante para saber que era suficiente. Me giré para salir de aquellas oficinas, y comprobé como todo el mundo sabía que yo era el culpable, los ojos de aquellas secretarias me delataban, pero nadie diría nada. Todos estábamos hechos de lo mismo. Aquella noche volví a por aquella silla. Era mi compañera. Días después me enteré que el jefe de aquella oficina había sido hospitalizado de urgencias por rotura del antebrazo. Eran las tres de la madrugada. Hacía frío en el sótano, por eso no me quité mi polar. Dejé sobre la pequeña mesa de madera el papel y demás. Me acomodé en mi silla de ruedas, mi compañera. ¿Salen Las cosas como quieres? Me preguntó el abuelo, muerto hace doce años. Por supuesto, le contesté yo sin balbucear un segundo. La presencia de mi abuelo era habitual en esos momentos. No puedo explicar el motivo de sus apariciones, pero allí estaba siempre. Era una gran persona que no había tenido suerte en la vida. Le miré a la cara, estaba triste. Nos sentamos, y mientras yo iba sacando el papel, él comenzó a bailar un tango, me explicaba como había que coger a las chicas, como había que moverlas. Me moría de la risa con mi abuelo. Me hizo recordar lo que pasó con mi segunda, y última, novia. Mi abuelo desapareció, quizás estaba agotado del baile, y aproveché ese momento de concentración para pensar lo que había venido a hacer. Me encendí el petardo y mi cabeza comenzó a volar más alto. Llegué a vislumbrar la serpenteada carretera que nos llevó hasta las montañas del Reo. Lo veía todo. Los acelerones que daba mi amigo y los gritos de histeria de su novia, pidiéndole que no hiciera eso. Yo le conocía desde pequeño. Era un tipo alegre, pero a veces se tomaba las cosas muy en serio. Recuerdo que nunca se duchaba con nosotros, o si lo hacía, iba con calzoncillos. Siempre había tenido vergüenza de enseñar su pene, le parecía pequeño, y ciertamente una vez pude comprobar que su vergüenza era comprensible. Mi amigo había tenido muchos problemas para superarlo. Su novia actual era la primera, y siempre tenía miedo de no estar a la altura. Ibamos cinco en el coche. Delante la pareja, y detrás mi segunda novia con su mejor amiga lesbiana. Sabía perfectamente cual era mi rol en aquél viaje. Eso es lo que me hacía estar un escalón por encima del resto. Tenía una visión global de toda la situación. El ambiente fue bastante distendido, incluso la lesbiana hizo varios chistes burlándose de los homosexuales. Me atraía el ambiente, pero de alguna manera notaba que lo estaban adornando todo para que a mí, me gustara. Parecía que aquel viaje fuera un capítulo de una serie americana en que todo sale bien, todos se llevan bien y las sonrisas brillan. Falsedad. Artificialidad. La verdad es que durante todo el trayecto no paré de reír, pero ni una sola vez fue por motivo de sus gracias, más bien de lo que se escondía tras esa actuación. Hace dos semanas, llegué media hora antes al piso de mi segunda novia. Esta estaba en su habitación, pude oír su voz a través de la pared. Normalmente no solía coger el teléfono, pera aquella vez, sentí la necesidad de saber con quién hablaba. Suavemente levanté el teléfono de la cocina. Estaba hablando con su amiga lesbiana, escuché durante un rato su conversación. Hablaban de mí, pero no pude llegar a entender sobre qué. Colgué el teléfono, me fui hacia la puerta, dejé mis llaves en una esquina de la mesita del recibidor, salí del piso de mi novia, cerré la puerta y piqué. Estuve un par de minutos esperando, sin duda la conversación era muy privada, y había preferido terminarla antes de que alguien entrara, en vez de interrumpirla para abrir a alguien y continuar. Algo tramaba esta zorra con su amiga lesbiana. La saludé como de costumbre y le pregunté porque había tardado tanto en abrir. No me había oído, contestó. Me dieron ganas de pegarle una ostia, pero todavía no era el momento. A partir de aquella semana me dediqué a vigilarlas. Reconozco que fue una sensación nueva, tensa, excitante. Tenía conocimiento de todo. Mi novia estaba liada con su amiga y tramaban un plan para deshacerse de mí. Durante mi investigación no vi claramente a las dos practicando el sexo, pero sí abrazándose. Además una noche vi a la lesbiana como le enseñaba un super vibrador a mi novia. Ante mis descubrimientos, decidí someter a mi novia a mis caprichos. Uno de esos días estuve a punto de decirle: “Desde que eres lesbiana te encuentro más atractiva”, pero las risas ahogaron mi frase. Fue entonces cuando comencé a acercarme a ella. Primero le acaricié el pelo ondulado con mi mano, luego lo aparté suavemente hacia la derecha y le besé el cuello. En ese momento me dio pena que una persona a la que yo quería y sobretodo, encontraba muy atractiva, tuviera que ser castigada. Pero Donde las Toman, las Dan. La desnudé sin que ella me dijera nada, y le susurré al oído: “Esta noche vas a sufrir de placer”. Estuvimos cerca de cuatro horas. Aquella noche se convirtió en el fin de nuestra relación. Para mí significó una despedida por la puerta grande. A partir de ahora, mi novia, pasaría a ser la segunda novia. Los días pasaban más rápidos y cada vez tenía menos tiempo para organizar mi venganza. Apenas hablé con ellos, solo para quedar a la hora de marchar el Viernes. Faltaban tres días. ¿Cómo podría castigarlas? Violación. Muerte. Amputación... O quizás todas a la vez. Por mi cabeza se movían un sin fin de ideas, a cual mejor. Pero lo ocurrido no tuvo nada que ver con lo planeado, pero al fin y al cabo, era lo mismo. Casi había consumido el porro, no porque lo viera, sino porque me estaba achicharrando los dedos. Lo apagué y comencé a preparar otro. Entonces me acordé que tenía un trozo de pizza envuelto en la mochila. También cogí un par de latas de cervezas que tenía en el sótano. Mientras cenaba, recordé la llegada a los apartamentos, después de una subida repleta de curvas cerradas y deslizantes por el hielo. Mi amigo paró justo delante de los apartamentos de madera. Aquello era realmente precioso, en otra situación hubiera disfrutado más del paisaje. Descargué mi bolsa del coche y fui hasta mi habitación. Cada apartamento tenía un pequeño porche, adornado con un par de sillas de roble muy cómodas. La habitación era calurosa, tenía una rústica chimenea que la convertía en una auténtica casa de montaña. Eran las diez de la noche y hacía bastante frío. Fuimos a cenar paella casera a un bar que había en el pueblo. Estaba estupenda. Hacía tiempo que no cenaba tan bien. Volvimos a las doce al apartamento. La pareja se fue a su habitación a dormir, y yo dije que también me iba a dormir. Mi segunda novia no tardó ni un puñetero segundo en decir que ella iría a la habitación de su amiga. Eso me puso negro. Zorra. Mientras estaba tumbado en mi cama, casi podía sentir como todos, excepto yo, estaban haciendo cosas malas. Me levanté y me fui a duchar. Después me vestí, cogí una linterna, unos alicates y salí de mi apartamento para dar una vuelta. No pude evitar acercarme a las ventanas de los apartamentos. En el de la pareja no se oía nada, pero en el otro pude distinguir algunas risas. Me aparté de la pared y fui hacia el coche, debía arreglar un detalle, después observé el negro paisaje. Un enorme acantilado a menos de cien metros, separaban las montañas del Reo, de las de la Esperanza. No me alejé mucho, no fuera a ser que mi segunda novia volviera a la habitación. Mientras miraba el valle, sentí un vacío dentro de mí, como si me faltara algo muy grande. Di media vuelta y volví. La habitación estaba caliente. Me tumbé y me dormí en segundos. A la mañana siguiente, mi amigo picó a la puerta para que nos despertáramos. Ella estaba a mi lado. Salimos a pasear a las nueve de la mañana. Hacía frío, así que me abrigué bien con mi anorak. Mi segunda novia se me acercó y me cogió del brazo. Rabia. Yo no podía entender como era tan falsa. Cuando pasamos al lado del acantilado, me dieron ganas de alargar el brazo y largarla al vacío. Estuvimos un par de horas, después volvimos. Todos fueron a almorzar menos yo, que no tenía apetito. Aproveché el momento para entrar en el apartamento de la amiga lesbiana. Busqué en los armarios algo sospechoso, pero no había nada, me dejó un poco más tranquilo, pero al salir me pareció ver una caja bajo la cama, así que me agaché para ver que era. Un super consolador. Casi me caigo al suelo de la risa. Lo había traído. Mis planes cambiaron en ese momento. Cogí el consolador y lo llevé a la habitación de la pareja, lo metí en la bolsa de ella. Ya solo cabría esperar a que los acontecimientos se desarrollasen. Había terminado de cenar, así que me hice el segundo petardo. Debían ser las cuatro de la mañana. Mi abuelo volvió a aparecer. Esta vez se puso a bailar un paso doble. Lo miré mientras le daba un sorbo a la cerveza y liaba el porro. La primera persona en darse cuenta del consolador fue mi amigo. Habría que verle la cara cuando lo levantó con la mano y se lo enseño a su novia. Yo creo que se excitó. Su novia no le sentó demasiado bien esta acusación. Ella le gritó que qué pretendía hacer con eso. Yo no soy suficiente, respondió él. Los gritos se sucedían, así que mi segunda novia y la lesbiana fueron al apartamento a ver que sucedía. La amiga lesbiana se quedó sorprendida de que tuviera un super consolador como el suyo. Fue a su habitación a comprobar que no fuera el suyo, pero allí no había nada. Volvió muy enfadada. Creía que la pareja se estaba burlando de ella. El griterío volvió a hacer eco en las montañas del Reo. Era el momento de que yo hiciera mi aparición. El ambiente estaba caldeado. Miré a mi amigo, estaba sentado en la cama, con la cabeza cabizbaja y repitiéndose una y otra vez; Esto no me puede pasar a mí. Su novia discutía con la lesbiana de porqué lo había dejado en su bolsa, y la otra le respondía que porqué lo había robado. Mi segunda novia permanecía inmóvil. Los miré, eran patéticos. ¿Qué está pasando? Pregunté. La amiga lesbiana me miró, y me explicó que la señorita esa le había cogido su consolador. Miré el vibrador y sonreí. ¿Ya te cabe eso? Le dije a la lesbiana. Eso es algo que no te incumbe. Me respondió tajante. Después me senté al lado de mi amigo y le susurré al oído que dicho artefacto impresionaba. Yo no podría hacer nada frente a eso, dije mirando a mi segunda novia. Vámonos de aquí, dijo la novia de mi amigo. Sí, por favor, vámonos añadió la lesbiana, no aguanto esta situación. El resto es historia. Los cuatro cogieron el coche, yo dije que prefería quedarme y ya cogería el tren. En una de las curvas el coche perdió el poco líquido de frenos que quedaba y se deslizó acantilado abajo. Yo creo que sin necesidad de mi intervención en el coche, les hubiera pasado lo mismo. El nerviosismo de mi amigo, las curvas, el mal tiempo y la tensión del ambiente propiciaron un final mortal. El coche fue un siniestro total, no quedó más que un amasijo de hierros en forma de acordeón y muy churruscado. La auténtica pena de la situación fue que se descubrió que mi novia estaba embarazada de mí desde hacía un par de meses, y había preparado el embarazo con su mejor amiga lesbiana, y quería decírmelo aquel fin de semana. Nos hubiéramos casado seguramente, a mi madre le encantaba esa chica, pero las cosas así nunca se han de ocultar, porque se puede llegar a pensar lo contrario. Ahora estaba yo aquí en mi sótano, muy tranquilo porque pese a las muertes, yo no había salido culpado. Se coge antes a un mentiroso que a un cojo, decía mi padre. Me encendí el que sería el último porro, mientras mi abuelo se desvaneció en la pared de tocho visto del sótano.
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